Aburrimiento

Si me hubieran dado un euro por cada “ mamá, me aburro” que escuché hace unos años, a estas alturas sería dueña de un buen capital. Los niños son esponjas orientadas a aprender todo lo que el mundo a su alrededor les ofrece. Buscan constantemente nuevos retos, se emocionan y sorprenden ante la novedad y les encanta descubrir y poner a prueba sus capacidades. Los adultos nos esforzamos por estimular esa curiosidad y sostener su interés, al tiempo que les enseñamos a gestionar la frustración y el aburrimiento. Y aunque todos asumimos que aburrirse no es malo, sabemos que si se mantiene en el tiempo tiene un coste muy alto en su motivación hacia el aprendizaje.

¿Qué pasa en el mundo de los mayores? A menudo, moviéndome por los pasillos de las oficinas, entrando en despachos y salas de reuniones, acudiendo a ventanillas de atención al público, me he encontrado con muchas personas infectadas por el virus de la apatía. Trabajadores enfermos de desgana, a los que cualquier pequeño cambio en su rutina se les hace un mundo, que esquivan los retos como el que esquiva un balonazo, que desprecian el entusiasmo ajeno como los cínicos del poema de Kipling. Niños abandonados en una sala sin estímulos que ya no se molestan ni en aporrear la puerta para que alguien acuda en su ayuda. ¿Cómo han llegado a este estado?

Hay tantas historias como personas, muchas de ellas se encuadran en los factores de motivación a los que aludía Herzberg en su Teoría de los dos factores. De todas las explicaciones que he escuchado, la que más me ha perturbado ha sido: ¿Para qué? Dudo que se pueda decir más con menos.

Mihaly Csikszentmihalyi señala en su libro “Flow”: “La apatía de muchas de las personas que nos rodean no obedece a estar física o mentalmente exhaustos. El problema parece estar más en la relación que el trabajador moderno tiene con su trabajo, con la forma en que percibe sus metas y su relación con el mismo. Cuando sentimos que estamos atendiendo a una tarea en contra de nuestra voluntad, es como si nuestra energía física se desperdiciara. En lugar de ayudarnos a alcanzar nuestros propios objetivos, nos es demandada para convertir en realidad los de otro (…) Por eso, a pesar de que pueden tener experiencias momentáneas valoradas como positivas en el trabajo, tienden a descontarlas porque consideran que no contribuyen a sus propios objetivos a largo plazo”. He aquí una de las líneas de actuación básicas del programa Live the G(a)P: la alineación del propósito del trabajador con el de la organización, como clave sobre la que construir las acciones concretas para la mejora del rendimiento, compromiso y retención del talento en una compañía.

Si bien esta alineación requiere actuar desde ambos lados de la ecuación, la propuesta que Pedram Shojai sugiere en el capítulo de hoy tiene su encaje en el ámbito de la autogestión: el ejercicio de hoy consiste en volver a entrar en sintonía con lo que realmente quieres hacer en esta vida y encontrar la forma de integrarlo en la vida que llevas ahora. Para ello, dedica un tiempo a reflexionar sobre aquellos momentos que  hayas vivido con pasión, porque donde hay pasión suele encontrarse el propósito: cuando eras un niño, ¿qué era lo que más te gustaba hacer?; ¿qué momentos de tu adolescencia supusieron para ti un mayor reto y qué aprendiste de ellos?; ¿qué actividades que disfrutas sientes más vinculadas a ti y consideras que te definen como persona?; ¿qué palancas has utilizado en momentos especialmente complicados cuya superación te hace sentir orgulloso?; si no tuvieras limitaciones (dinero, tiempo….) ni preocupaciones (familia, hipoteca, trabajo…), ¿a qué dedicarías tu tiempo y energía?…Examina tu vida como si fueses un marciano recién aterrizado, con la mente libre de prejuicios y deberías, con la curiosidad de un niño pequeño, observa las ideas y las emociones que surgen y acepta el reto de resumir en una frase cuál es el propósito de tu vida.

La reflexión de cierre esta vez pertenece a Jon Kabat-Zinn: “Raras veces nos cuestionamos las cosas y a continuación contemplamos con determinación lo que nuestros corazones nos piden que hagamos y seamos. A mí me gusta estructurar estos esfuerzos en forma de pregunta: ¿Cuál es mi trabajo en este mundo? o ¿Qué es eso que tanto me importa que pagaría por hacerlo? (…) Podemos empezar a hacernos esta pregunta a cualquier edad. No hay ningún momento de la vida en que no vaya a tener un efecto profundo en nuestra manera de ver las cosas y en las elecciones que hacemos. Es posible que esto no nos lleve a cambiar lo que hacemos, pero tal vez queramos cambiar nuestra forma de verlo y sostenerlo y quizá la manera de hacerlo.”

Related Articles