Decisiones reactivas

La sabiduría de un niño. Ni sé la de veces que mi hija me ha hecho de espejo. Se me planta delante, con sus enormes ojos, y me suelta a la cara su “¡mamá, ya, para! Todo un conjuro en tan solo tres palabras, que bastan para que frene en seco, respire y recupere la calma. 

Soy consciente de que muchas veces a lo largo del día el estrés toma el mando de mi vida, pues voy apagando fuegos como pollo sin cabeza. Encadeno tareas, a veces las simultaneo, funcionando con el piloto automático la mayor parte del tiempo. En estas condiciones, mi capacidad para lidiar con los imprevistos se ve mermada y si las emociones entran en el terreno de juego, no apostaría ni un euro a favor de que lo que resulte de la coctelera no sea explosivo.

Hace tiempo que hice las paces con mi “yo” estresado, tirando de la autocompasión que nace de reconocer la propia vulnerabilidad y reconocerse en los otros que te rodean y pasan por la misma situación: el poder transformador de percibir la humanidad compartida. Aun así, aceptarse no es lo mismo que resignarse y es en este deseo de mejorar en el que se encuadra la propuesta de Pedram Shojai para esta semana: nos pide que nos paremos a pensar en las grandes decisiones de nuestra vida y que examinemos de cerca aquellas que tomamos bajo algún tipo de presión, para plantearnos en qué medida la elección se vio afectada por el estado de agitación en el que nos encontrábamos en ese momento. 

El objetivo de la propuesta no es ahondar en sufrimientos pasados, sino hacernos conscientes del impacto de aquellas decisiones que tomamos de forma reactiva frente a las alternativas que hubieran sido viables de haber decidido de una manera calmada y consciente. ¿Para qué? Para dotarnos de una herramienta de cara a las decisiones que tengamos que tomar en el futuro: conocer cómo funciona nuestra mente. Si tu cerebro está secuestrado por la amígdala, difícilmente va a poder dar el mando al neocórtex; las emociones desencadenan pensamientos y los pensamientos a su vez nos provocan emociones, generando una espiral de ansiedad y alimentando nuestro estrés. En este estado, nuestra capacidad de decisión racional se ve mermada, se nos “escapan” opciones y nos enfocamos allá donde el pánico, la ira o la tristeza nos hacen “mirar”.

Para abrir el foco y hacernos conscientes de la amplitud de alternativas existentes, necesitamos parar y recuperar la calma. Generando un espacio para que nuestro neocórtex recupere el control perdido, tire de la memoria y de los recursos aprendidos en experiencias pasadas, contraste opiniones, cuestione sus juicios y valore las alternativas de una forma objetiva. En estas condiciones, el que tu decisión sea la correcta deviene secundario, lo realmente importante es que eres tú realmente el que la estás tomando. Te dejo con la siguiente reflexión de Eline Snel:

Cuando no te dejas llevar por reacciones (de pánico) eres el capitán de tu propio navío. Tomas decisiones, que son más acertadas y beneficiosas. Cuando parece que el oleaje va a hundirte, ayuda enormemente llevar de nuevo la atención a la respiración. No puedes detener las olas de tu vida, pero sí que puedes aprender a surfear. Por supuesto, ello no es siempre fácil. No es por nada que el surf está considerado un deporte muy difícil. Pero con la práctica regular aprendes a estar plenamente presente en la ola que se está produciendo justo AHORA. Aprendes a usar su fuerza, su energía arrolladora, hasta que permaneces de pie en la tabla. Encima, en lugar de debajo. ¡Qué maravillosa sensación!

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