Escuchar el ruido

Recuerdo la primera noche que pasé en la casa en la que ahora vivo: situada en una apacible colonia residencial, en una calle donde apenas pasan coches y el tránsito de personas se reduce al de unos pocos vecinos, tan lejana de mi añorado centro de Madrid, ¿quién me iba a decir que el ruido me iba a desvelar? Pero así fue: me despertó de mi primer sueño un sonido sordo y continuo, como si estuviera durmiendo al borde del mar, y a mí pregunta de “¿qué narices…?”,  la certeza me contestó: el tráfico de la M30. Y no pude volver a conciliar el sueño: ese runrún continuo que escuchaba por primera vez en mitad de la noche le puso banda sonora a mi insomnio.

No me ha vuelto a  pasar. Es increíble la capacidad que tenemos para aislarnos del ruido habitual, convertirlo en un compañero más de viaje al que no prestamos atención: está ahí, como la uña del dedo pequeño del pie derecho, no ocupa espacio en nuestro consciente y, sin embargo, créeme, la uña está y el silencio no existe, al menos en este planeta.

Pedram Shojai nos traslada dos reflexiones en torno a esta idea de acostumbrarnos a la contaminación acústica. La primera alude a los miles de años que el ser humano ha vivido rodeado de naturaleza y atento a los sonidos que le aportaban información valiosa para su superviviencia. Sostiene que, a pesar de que ahora nuestra atención ya no se dirija hacia los estímulos sonoros que nos rodean, eso no quiere decir que el cerebro no procese el sonido para seguir discriminando aquéllos que deben ponernos en alerta. Y esto, cuando vives rodeado de ruidos, es un proceso interno que consume una gran cantidad de energía. 

La segunda reflexión se refiere al hecho de que el sonido se transmite por la vibración a distintas frecuencias de las ondas sonoras y se pregunta: si nuestro cuerpo está compuesto en su mayor parte por agua, ¿cómo nos afecta el estar sometidos al azote constante de estas ondas? De ello concluye que debemos ser conscientes del impacto que la contaminación acústica tiene en nosotros, de cómo desgasta nuestros recursos y altera nuestra capacidad de respuesta.

De ahí que mi propuesta para el día de hoy sea una práctica de atención abierta. A diferencia de la práctica de la atención focalizada, en la que el músculo de la atención se entrena volviendo una y otra vez al movimiento de nuestra respiración, aquí de lo que se trata es de llevar nuestra atención a lo que percibimos a nuestro alrededor; esta vez, en concreto, a los sonidos que estás escuchando: siéntate en un lugar cómodo, respira profundamente tres veces, mantén la atención en tu respiración hasta que percibas en ti la calma y desde esa tranquilidad, pregúntate:

  • ¿Qué estoy escuchando?
  • ¿Cuántos sonidos puedo identificar?
  • ¿Alguno más? 
  • ¿Cómo me siento cuando los escucho?
  • ¿Alguno de estos sonidos me hace sentir bien?
  • ¿Alguno de ellos me altera?
  • ¿Puedo hacer algo para eliminar su impacto en mí?

La práctica de atención abierta es una de mis prácticas de meditación formal favorita. Sin embargo, la idea que te propongo hoy es que la utilices como una herramienta de meditación informal, para aquellos momentos en que te notes irascible o presa del cansancio.  Si Pedram Shojai tiene razón, ser consciente de los sonidos que nos rodean y de su impacto en nosotros puede ser una herramienta muy útil para recuperar nuestra energía y nuestro estado de ánimo.

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