Hacer voto de silencio

El título de este capítulo me hace viajar muchos años atrás: a una época de uniformes y pasillos recorridos en estricta fila de a uno, a tizas chirriantes sobre el encerado y borradores que volaban para cortar de raíz parloteos en susurro. Estar calladas constituía la base sobre la que se construía el respeto al profesor, la buena actitud hacia el aprendizaje y la seguridad de que el mensaje había sido apropiadamente entregado a la alumna, de quien se esperaba apenas que mirara al frente y copiara cuando tocaba. Platón habría alucinado al observar, veinticinco siglos después, la educación convertida en un proceso más parecido a una granja de engorde de pollos que a su Academia ateniense.

Que el aprendizaje requiere del silencio no lo voy a discutir. Pero estar en silencio no es lo mismo que estar callado. El silencio conlleva atención y la atención requiere curiosidad para mantenerse viva en el tiempo. A lo largo del día, pasamos mucho tiempo callados pero no estamos en silencio. En primer lugar, porque nos resulta incómodo y encendemos aparatos a nuestro alrededor no tanto porque nos interese lo que emiten como porque su ruido nos acompaña. Y luego está nuestro charlatán interior, ese mono parlanchín que secuestra nuestra atención y va saltando de tema en tema, llenando nuestra cabeza de un ruido constante. Con razón llamaba Santa Teresa a la imaginación “la loca de la casa”.  

Sin embargo, el silencio no es solo una condición del aprendizaje, es un maestro en sí mismo. Como señala Pablo D’Ors en su “Biografía del silencio”, al describir como desierto la experiencia árida del silencio, “lo que menos importa del desierto es lo que nosotros creemos tener que decirnos, importa, por contrapartida, lo que el silencio quiere decirnos a nuestro pesar”, el aprendizaje de verse a uno tal cual es: “ O eres consciente de tus enfados, de tus nervios, de tus preocupaciones,… o los nervios, la preocupación o el enfado te dominarán”.                                                                                                                                             

Pedram Shojai nos anima en su capítulo de hoy a fomentar el silencio en nuestra vida como camino para aprender sobre nosotros mismos. Más que a permanecer callados, es una llamada a la introspección, a establecer las condiciones necesarias para facilitar que nuestra mirada se torne hacia nuestro interior. Hacer voto de silencio como invitación a realizar un máster sobre nosotros mismos, sobre nuestros pensamientos y nuestras emociones: qué nos preocupa, qué nos importa, qué anhelamos, qué tememos, qué nos hace felices, qué impide que lo seamos, a dónde va nuestra cabeza cuando se pierde por las ramas…observarnos para conocernos y autogestionarnos. 

Para ello, hoy te propongo que aproveches las ocasiones que se presenten para estar contigo mismo y a que practiques “la economía de palabras” en tu relación con el exterior, buscando reducir el ruido interno y externo a lo estrictamente necesario, venciendo la tentación de participar en hilos de conversación o de navegar por webs y redes sociales que dirijan tu atención a lo que pasa en el exterior y no a lo que ocurre en tu interior; a centrarte en tu experiencia personal, en lo que realmente sientes y necesitas en este momento. Precisamente cuando el mundo parece derrumbarse alrededor, la solución pasa por reconstruirnos a nosotros mismos y, para ello, necesitamos conocer el material del que estamos hechos.

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