La música

Aunque no toco ningún instrumento, no sé vivir sin música. Cuando cumplí 14 años mis padres me regalaron mi primer radiocasete con el que pasaba horas persiguiendo canciones por el dial, maldiciendo a los locutores que se dedicaban a pisar los comienzos o los finales y arruinaban mis grabaciones chapuceras. Mi formación musical se cimentó en las recomendaciones de amigos y familiares que, conocedores de mi afición y horrorizados por mi repertorio, invirtieron una buena cantidad de su tiempo en abrirme a ritmos y músicos más allá de la radiofórmula. En cuanto empecé a ganar dinero, me aficioné a arrasar en la Fnac, donde pasaba mañanas enteras de domingo con los cascos puestos. Acabé limitando el número de cd’s que podía comprar en cada incursión por razones de espacio y presupuesto. Aún hoy, a pesar de haberme pasado al formato digital, no soy capaz de deshacerme de mis cd’s y mis cintas, compañeros de viaje que me transportan a tiempos pasados.

Cuando me dispuse a leer este capítulo del libro, esperaba entrar en el terreno conocido del poder evocador de la música, de su capacidad para acompañar y generar emociones, de su condición de lenguaje universal, que une a las personas sin importar sus banderas  o sus credos. Pero no. El capítulo comienza con una cita de Claude Debussy: “La música es el espacio entre las notas”. Con ella Pedram Shojai nos invita a realizar un pequeño experimento: enfocar nuestra atención en identificar ese espacio que se produce entre nota y nota. Para ello, nos pide que elijamos alguna de nuestras piezas favoritas, a ser posible instrumental, que la escuchemos una primera vez para recordarla, una segunda vez para ser conscientes de las emociones que nos transmite y a partir de aquí nos centremos en encontrar esos huecos. Las instrucciones son precisas. Me pongo a ello y fracaso estrepitosamente. La emoción no ha dejado ningún hueco entre notas, así que corrijo al maestro y elijo otra melodía, esta vez saltándome el paso de vivir la emoción. Suena el saxofón de Charlie Parker en “Yardbird Suite” y mi mente percibe las notas, su cadencia, su ritmo. Pura magia. ¿Y ahora qué?   

Pedram Shojai utiliza la música como metáfora de la vida: las notas son las tareas en las que nos enfrascamos y con las que llenamos la partitura de nuestro tiempo. Como la música, la vida no puede ser una simple yuxtaposición de tareas; solo tendrá sentido si la poblamos de huecos que la doten de ritmo y la transformen en algo que pueda ser disfrutado. 

Así pues, hoy te propongo que examines tu vida con la atención con la que escucharías una buena melodía y celebres esos huecos entre notas que la convierten en una pieza única.

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