Momentos de creatividad

Yuval Noah Hariri mantiene, en su libro “Sapiens. De animales a hombres”, que es la capacidad de ficción la que fundamentalmente explica el dominio alcanzado por los sapiens sobre el mundo: a diferencia de otros animales que han creado estructuras productivas eficientes, como las hormigas o las abejas, los humanos vamos más allá de repetir patrones de conducta probados al ser capaces de crear ficciones que transforman nuestra realidad y la amoldan a nuestras necesidades, generando ideas y tecnologías sobre las que se han asentado nuestro avance y evolución a lo largo de la Historia.

Viajando en el tiempo hasta el siglo XXI, me pregunto qué valor otorgamos a día de hoy a esta capacidad que nos convierte en especie dominante. Si echamos un vistazo a los planes de estudio de cualquier nivel educativo, observamos que el peso que nuestra educación otorga al fomento de la creatividad es mínimo. No se trata solo de que las disciplinas “creativas” ocupen un lugar testimonial en el currículum, sino del enfoque con el que se imparten las asignaturas llamadas troncales, centrado en la memorización y repetición de conceptos y discursos estáticos y cerrados, arrinconando las prácticas y habilidades capaces de alimentar nuestra creatividad innata, como la experimentación, la escritura creativa, la argumentación de ideas, el pensamiento divergente, el análisis crítico, la enseñanza transversal, la representación dramatizada o el juego cooperativo, entre otros. Con estos mimbres, los jóvenes talentos que llegan al mercado laboral están más preparados para reproducir el contenido de Google que para inventarlo.

En contraste, las empresas que lideran los mercados son cada vez más conscientes de la importancia de incorporar la innovación a su ADN, apostando por cuestionar su fórmula de éxito para apuntalar su crecimiento y llegar a nuevos clientes o cubrir nuevas necesidades, incluso crearlas. Por ello, si innovar no es cosa solo de cuatro genios encerrados en sus garajes en Silicon Valley, necesitamos fomentar la creatividad como destreza esencial dentro de las organizaciones, lo que puede parecer todo un reto si partimos de que no se trata precisamente del músculo que tenemos mejor entrenado.

Existen en el mercado multitud de programas destinados a potenciar la capacidad creativa, tanto a nivel individual como organizativo, entre los que destacaría los basados en las herramientas de design thinking desarrolladas por Tim Brown. En este punto, me gustaría aportar un par de ideas que pueden resultar útiles en la consecución de algunos de los objetivos comunes que fijan estos programas.

Todos los que alguna vez nos hemos enfrentado a una página en blanco sabemos que la inspiración no se puede forzar. Ya en la Antigüedad, los griegos otorgaron a las musas el poder de transmitirla, subrayando de esta forma que la creatividad no obedece a nuestra voluntad. Sin embargo, aunque no la podamos controlar, sí que podemos contribuir a generar un espacio adecuado para recibir a la musa. Cuando los programas de fomento de la creatividad acuden a actividades como el brain storming, el mapping o los juegos con fotografías, están abogando por sacarnos literalmente de nuestros esquemas habituales de pensamiento, lo que Ken Robinson denomina nuestro sentido común, para permitirnos enfocar los retos desde una perspectiva distinta. En esta misma línea, Pedram Shojai destaca el apoyo que la respiración abdominal consciente presta para evitar que la mente racional se interponga en nuestro camino hacia la creatividad y nos invita a practicar unos minutos de esta respiración antes de sumergirnos en un proceso creativo.

Por último, si coincidimos al identificar la intolerancia al error como el mayor enemigo del proceso creativo, tanto en el plano individual como organizacional, quisiera destacar el papel que la autocompasión juega en este proceso: una actitud de autocrítica y culpabilización por el error bloquea nuestra mente para el aprendizaje y la mantiene anclada en el pasado, revisando los hechos únicamente para retroalimentar la culpa. La autocompasión, por el contrario, nos permite aceptar nuestras limitaciones y avanzar sobre la base de lo aprendido, entendiendo los fallos como peldaños necesarios en el proceso creativo.

Como cierre, no me resisto a compartir la anécdota que menciona Ken Robinson en la introducción de su libro “The Element“: una alumna de primaria llevaba veinte minutos absorta entre sus pinturas cuando su maestra le preguntó qué era lo que dibujaba. La niña le contestó: “Estoy dibujando a Dios”, ante lo que la sorprendida maestra sentenció: “Pero nadie sabe qué aspecto tiene Dios”. La niña le respondió: “Lo sabrán enseguida”. Desaprender para poder aprender.

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