No dediques tiempo a la gente que te lo roba

Florencia. Iglesia de la Santa Croce. Un guía turístico dirige sus acelerados pasos hacia un inglés que acaba de cruzar la entrada. Al llegar a su altura, le aborda, enumerando los incontables tesoros artísticos guardados en el templo, y se ofrece a acompañarle en su descubrimiento. George Emerson, que así se llama el inglés, alza su mirada hacia la bóveda y decide caer de hinojos allí mismo, adoptando la actitud de recogimiento de quien se dispone a rezar al Altísimo, ante el estupor del guía. Apenas unos metros más allá, Lucy Honeychurch reconoce divertida la astucia de la maniobra, pues a ella le costó un largo forcejeo de ofertas y rechazos obtener el mismo resultado. Esta escena pertenece a la película “Una habitación con vistas”, adaptación de la novela homónima de E.M. Foster, en la que el autor critica la rigidez de costumbres y los convencionalismos de  la sociedad rural británica, a los que los protagonistas tienen que enfrentarse en su camino hacia la felicidad.

Este es el tema que nos traslada Pedram Shojai en el capítulo de hoy: ¿en qué medida la consecución de nuestros objetivos se ve ralentizada por el tiempo que perdemos comportándonos comme il faut? Entendámosnos: no se trata de ir avasallando como Harry el Sucio o el Doctor House, gente bastante mal encarada y que necesitarán varias vidas para cogerle el gusto a esto de confraternizar con el prójimo. La cuestión va de comprender que existen situaciones en las que nos vemos atrapados y de las que nos resulta difícil salir por una malentendida educación. 

Algunos ejemplos ilustrativos: personas que te pillan por el pasillo y se enrollan como persianas para ponerte al día de todo lo que les interesa, reuniones que se apartan del objetivo y terminan convirtiéndose en charlas de barra de bar, llamadas de teléfono en las que tu interlocutor salta de un tema a otro sin acabar de concretar por qué te ha llamado, sobremesas que se eternizan divagando sobre temas banales…todas aquellas veces que te has visto a ti mismo mirando nervioso el reloj y visualizando que al otro se lo traga la tierra o que a ti te rescata Superman.

La palabra clave es asertividad, entendida como la habilidad social que nos permite defender nuestros derechos y expresar nuestras opiniones, respetando a los demás. Y como habilidad social se puede y debe entrenar, lo que pasa por:

  • Generar un mecanismo de alarma: Para ello, es útil hacer una labor previa de identificación de personas y situaciones que de forma recurrente absorben tu tiempo sin beneficio ni propósito alguno. Etiquetarlos como ladrones de tiempo te ayudará a ser más rápidamente consciente de la situación a la que te enfrentas.
  • Gestionar las emociones asociadas: Normalmente en la gama de la ira, desde el malestar hasta la desesperación. Una vez más, la conexión con nuestro cuerpo y el estar familiarizados con la impronta de las emociones en el mismo, nos sirve de aliado para identificarlas y proceder a su control. Respira.
  • Empatizar: Seguro que existe alguna razón para que esa persona necesite desahogarse de esta forma contigo, seguro que eres capaz de recordar alguna ocasión en la que te ocurrió a ti. Establecer esta conexión te ayudará a poner en acción tu amabilidad.
  • Cuidar la comunicación: Tanto verbal (construcción del mensaje de forma compasiva) como no verbal (cercanía y la mejor de tus sonrisas). Puede que te cueste al principio, si fuera el caso, valora tener algunas fórmulas ensayadas.
  • Acompañar con el movimiento: Sin brusquedad pero con determinación, sal por patas.

Estoy segura de que con un poco de práctica serás capaz de dominar perfectamente la técnica. Ahora. Puede que te cueste un poco más controlar a esa voz interior que manda mensajes del tipo “¿qué va a pensar de mí?”, “se va a enfadar, seguro”, “creerá que soy una borde”… Es ese niño que aún habita en ti y que de esta forma expresa su necesidad de pertenencia al grupo y su miedo al rechazo. Que sea tu yo adulto el que se encargue de transmitirle la seguridad que necesita. En palabras de Carl G. Jung: 

“En el fondo de todo adulto yace un niño eterno, en continua formación, nunca terminado, que solicita cuidado, atención y dedicación constantes. Esta es la parte de la personalidad humana que aspira a desarrollarse y a alcanzar la plenitud”.

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