Recabar ayuda

El día que nació mi hijo mayor no trajo un pan debajo del brazo. Vino acompañado por un pequeño monstruo que ha ido creciendo en mi interior desde entonces y con el que libro luchas encarnecidas hoy sí y mañana también: mi necesidad de control. Es cierto que al echar raíces en mi yo caótico- siempre fui de las que comen lo que pillan en la nevera y viajan a donde sus pies las lleven sin mayor predeterminación- disto mucho de los modelos de madre agenda perfecta, a las que no se les pasa una revisión médica, no olvidan poner ropa de recambio en la mochila de la excursión y siempre llevan árnica y toallitas en el bolso por precaución. Puede que precisamente conocer estas carencias sea lo que haya alimentado al pequeño monstruo para compensar, pero lo cierto es que ambos componentes no se mezclan para lograr un sano equilibrio, sino que conviven en constante disputa, y un día necesito saber todos los detalles del plan y al día siguiente soy de un happy alucinante.

La consecuencia directa de la necesidad de control es una lista de to do’s abrumadora. Y si a esa lista le añadimos el microchip que llevamos instalado de serie la inmensa mayoría de las mujeres de mi generación, que nos dicta la obligación de ser perfectas en todo, sin permitirnos fallo alguno de ejecución, so pena de machacarnos por inútiles, pues ya tenemos todos los ingredientes de la tragedia puestos en fila y preparados para salir a escena. 

La receta para esta angustiosa situación pasa por soltar. Y soltar requiere aceptar. Aceptar que la vida sucede a nuestro alrededor y solo una milésima parte de lo que ocurre depende ínfimamente de nosotros. Ínfimamente. Nosotros solo aportamos nuestro granito de arena a una montaña descomunal. La montaña crecerá o se desmoronará como resultado de un sinfín de circunstancias que escapan a nuestro control, por más que nos empeñemos en dejar bien colocado nuestro granito de arena y vigilarlo para que no se mueva. Requiere un cambio de actitud, no hacia el pasotismo, sino al puedismo: haz buenamente lo que puedas. Lo que realmente puedas, sin autoinmolarte en el intento. Y confía en que el mundo hará el resto. Ya está.

Para los adictos al control, soltar es todo un reto y utilizar el comodín del público puede servir de muleta para dar los primeros pasos en este largo proceso. Conocedor de la dificultad, Pedram Shojai nos anima a comenzar por pedir ayuda a nuestro alrededor. Para ello, nos propone hacer una lista con todas las tareas que hacemos habitualmente. Date una semana larga para completarla y asegurarte de que no dejas nada en el tintero. Cuando estés satisfecho con el resultado, marca con una estrella todas aquellas cosas que no constituyen una tarea personalísima, es decir, todo aquello que puede hacer un tercero por ti, en los mismos términos u otros que consigan el mismo resultado, aunque tú lo hagas mejor, o no te importe hacerlo, o incluso te guste hacerlo. Ejemplo radical: dar el pecho a tu bebé no es una tarea personalísima, dormir sí lo es. Y ahora que las instrucciones están claras, ¿qué tal si buscas entre las personas que te rodean a quienes puedan encargarse de esas tareas estrelladas? Para siempre, algunos días, algunas veces, cuando lo necesites.

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