Cuando trabajaba como ejecutiva, pasé temporadas con la sensación de liderar el cuerpo de bomberos, porque mi día a día consistía básicamente en apagar fuegos. Hubo ocasiones en las que un buen samaritano me paró en medio del pasillo para avisarme: ¡Menuda cara llevas! Y así era: me sentía como un Sísifo al que le hubieran puesto detrás una jauría de perros ladrando mientras acarreaba su piedra, y mi cara lo reflejaba a la perfección. Estoy muy agradecida a aquéllos que se tomaron la molestia de hacerme consciente de que, por muy dura o complicada que fuera la circunstancia por la que estuviera atravesando, cuando lideras un grupo de personas, no solo eres responsable del mensaje verbal que transmites, sino del cómo lo transmites, lo que incluye todos los elementos no verbales de la comunicación. En estos días en los que a muchos de nosotros nos ha tocado transmitir duras noticias, ser consciente de esta responsabilidad adquiere una importancia especial.

Pedram Shojai nos anima a salvar la brecha que nos separa de los demás con una simple sonrisa, porque, declara, estamos programados para responder favorablemente a las sonrisas. Esta afirmación ha sido respaldada por investigaciones de neurocientíficos, como Christian Keysers, que explica que cuando observamos  las expresiones faciales de otros, activamos las mismas neuronas espejo en el cortex motor y transmitimos esta información a nuestros centros emocionales, de forma que ante una sonrisa, respondemos con una sonrisa. Como señala David Rock,las neuronas espejo explican por qué los líderes necesitan ser especialmente conscientes al manejar sus niveles de estrés, pues sus emociones realmente impactan en otros.

Aunque esto es muy fácil de decir, la práctica es compleja, ya que cuando vienen mal dadas, lo normal es estar tristes o enfadados: sonreír está al alcance de unos pocos cínicos o de personas carentes de empatía con los sentimientos de los que tienen alrededor. Bueno, no.

Amy Cuddy, en su libro “Presence: Bringing your boldest self to your biggest challenges”, cita la teoría formulada por el filósofo norteamericano William James, que invierte la relación tradicional causa-efecto entre el cuerpo y la emoción: “No canto porque estoy alegre, estoy alegre porque canto”. Con este punto de partida, las investigaciones de Cuddy demuestran el efecto de nuestra posición corporal en nuestro cerebro: cuando nuestro cuerpo adopta la postura propia de un determinado estado de ánimo, nuestro cerebro responde desde ese estado, aunque solo lo estemos fingiendo (el archiconocido fake it until you make it). Exacto: no tienes que estar alegre para sonreír, simplemente finge una sonrisa y tu cerebro recibirá el mensaje de que es un buen momento para mostrarse relajado y cómodo con la situación.

Así pues, mi propuesta de hoy es que utilices tu sonrisa como herramienta para rebajar la tensión, creando un espacio para la confianza, transmitiendo seguridad y contribuyendo a que los demás espejen tu postura ante los acontecimientos. No se trata de negar la situación, ni de predicar el autoengaño. Es una cuestión de actitud ante la adversidad. En palabras de Viktor Frankl, “al hombre se le puede arrebatar todo, salvo una cosa: la libertad humana-la libre elección de acción personal ante las circunstancias-para elegir el propio camino”. Vamos. Prueba. Sonríe.

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