Tiempo para digerir las emociones

Veamos. Imagina por un momento que tu estómago estuviera recubierto de una película aislante que le impidiera reaccionar a la entrada de la comida desde el esófago. La válvula de hiato cedería a la presión del alimento pero, una vez dentro, el bolo alimenticio permanecería quieto e intacto. Aunque llegase un momento en que, por la propia presión de la comida acumulada, ésta franqueara la barrera del píloro hacia el intestino delgado, las enzimas y bacterias intestinales poco podrían hacer, con ella al no haber sido previamente tratada por el estómago. Abandonaría tu cuerpo sin haberle aportado nada positivo.

Muchos de nosotros hemos sido educados conforme a programas centrados en la adquisición de conocimiento y destrezas ejecutivas en los que la inteligencia emocional ocupaba un lugar irrelevante, cuando no era directamente ignorada. La educación emocional se limitaba a etiquetar las emociones en buenas y malas para, a continuación, aplicar a éstas últimas el tratamiento socialmente aceptado: “los niños no lloran”, “las niñas no se enfadan”. Lo que internamente se traduce en que “no está bien que sienta lo que estoy sintiendo”, y como no está bien, nos cubrimos con una película aislante y seguimos viviendo. Lamentablemente,  negar las emociones no significa que no estén; al ignorarlas solo contribuimos a intensificarlas, afectando a nuestro estado de ánimo y nuestra forma de enfrentar la vida.

¿Cómo puedo saber si esto me está pasando? Una vez más, la respuesta está en prestar atención a tu diálogo interno. Como señala Pedram Shojai, la indigestión emocional nos mantiene vibrando en el pasado, nos representamos una y otra vez en escenarios que nos dicen “tendría que haber hecho…”, “podría haber dicho…”, “si le hubiera contestado…”, “si no hubiera ido…”…

Ser consciente de esta rumiación es el primer paso para una digestión adecuada. Toda digestión requiere su proceso y ésta es la propuesta de hoy: si has identificado que hay algo que te ronda continuamente en la cabeza y te mantiene anclado al pasado, ponte a trabajar en ello desde la honestidad. Empieza por recopilar todos los recuerdos asociados a lo que ocurrió. En el proceso de identificar la emoción es muy importante aislar los elementos concretos que la provocaron: ¿fue una situación o una persona lo que la produjo?, ¿lo generó lo que dijo, lo que hizo, o lo que no hizo o dijo?…

Una vez aislados los elementos externos, vuelve la atención hacia ti: ¿qué hiciste?, ¿cómo te sentiste?, ¿puedes ponerle un nombre a esa emoción?. Date permiso para sentirla: si quieres llorar, llora; si quieres gritar, grita; si necesitas golpear, elige algo inerte y blando, por favor. Abre el grifo de las emociones y déjate fluir, aceptando lo que hay. No empieces con las etiquetas: ni estás ridícula, ni eres absurdo, ni vaya mandanga. Aparca tu parte racional por un momento y deja al cuerpo expresar lo que lleva tanto tiempo embotado. Es puro ácido gástrico. 

Cuando vuelva la calma, desde la consciencia de hoy, pregúntate qué necesitas para cerrar este episodio: ¿tienes alguna conversación pendiente?, ¿necesitas perdonarte o perdonar a alguien?, ¿hay algo que puedas hacer hoy para reparar lo ocurrido?, ¿necesitas pedir ayuda a alguien?…

Y por último, investiga para qué has estado volviendo mentalmente a esta situación, qué necesitabas aprender. De esta forma garantizas que cuando los restos de esta vivencia abandonen por fin tu persona, el intestino se habrá asegurado de aprovechar lo bueno que trajo a ti.

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