Tiempo para digerir los pensamientos

Comienza junio. El calor aprieta y con él renacen las ganas de zambullirnos en la piscina. De pequeña me pasaba chapoteando en el agua de junio a septiembre. La felicidad en estado líquido a la que accedía siempre que hubiera guardado el tiempo necesario para hacer la digestión. 

Me gusta el título que Pedram Shojai emplea en este capítulo. Podría haberlo llamado simplemente “Tiempo para pensar”: sería más sencillo, pero perdería muchas de las connotaciones que el concepto de “digestión” aporta. Para empezar, porque nos traslada la idea de proceso que requiere de un tiempo, en el que preferiblemente nuestro nivel de actividad baje y evitemos involucrarnos en tareas que puedan provocarnos un corte de digestión. Además, está la probabilidad de que, si la digestión es realmente pesada, afecte a la realización de cualquier otra actividad, haciendo que nuestros recursos se concentren en lo que está siendo procesado por nuestro aparato digestivo y que, por mucho que nos esforcemos en continuar con otro menester, el cuerpo se rebele y nos invite a dormir. Y, por último, sabemos que podemos digerir más fácilmente cualquier alimento, si previamente lo hemos troceado y masticado.

Sobre estos tres argumentos se construye la idea que se nos traslada en este capítulo: a veces nos enfrentamos a retos que nos ilusionan o nos preocupan, a situaciones que nos enfadan o nos alegran, a eventos que nos entristecen o nos aterran, de una forma tan intensa que requieren de toda nuestra atención. Nos encontramos pensando continuamente en ellos, una y otra vez, rumiando el pasado o proyectando el futuro. Y esto tiene un coste: tanto en las relaciones que mantenemos como en las tareas que iniciamos, al no prestarles la atención y el cuidado que merecen. 

Como señala David Rock en su libro “Brain at work”, una de las formas eficaces de luchar con las distracciones consiste en utilizar el lenguaje para nombrar lo que está ocurriendo: si tenemos una palabra que describa el proceso por el cual nuestra atención salta de cualquier tarea para rumiar un pensamiento, será más fácil identificar este proceso cuando ocurra, porque nuestro córtex prefrontal habrá entrado en funcionamiento. Al hacernos conscientes, retomamos el control y podemos decidir sobre cómo lidiar con todo aquello que demanda nuestra atención en ese momento. Siguiendo la idea sobre la que gira este capítulo, tengo una etiqueta para este tipo de pensamientos absorbentes: “hacerse bola”.

Así pues, la propuesta de esta semana consiste en aprender a identificar cuándo un pensamiento se nos ha hecho bola y está afectando a nuestra atención y, por ende, a nuestras relaciones y nuestro desempeño. Cuando esto ocurre, debemos reservar un tiempo específico para lidiar con este pensamiento, en tres ámbitos distintos:

  • Trabajar las emociones que conlleva, desde el reconocimiento y la aceptación.
  • Descubrir las necesidades insatisfechas que puedan estar entrando en juego.
  • Decidir las acciones que queremos tomar al respecto, en congruencia con nuestra escala de valores y prioridades.

Puede que necesitemos diseccionar previamente el pensamiento en partes más simples antes de aplicar el proceso: la simplificación nos permitirá ir al core del asunto, eliminar ramificaciones que puedan distraernos de lo realmente importante y facilitará la toma de decisiones. 

Y, por último, debemos buscar la rutina que mejor se adapte a cada uno para activar el proceso: hay quien necesita sentarse o tumbarse en silencio; hay quien piensa mejor en movimiento, como los peripatéticos, y utiliza el tiempo que destina a hacer deporte para centrar su atención en digerir sus pensamientos. Sea como sea, respetemos el tiempo que requiere hacer la digestión antes de zambullirnos de nuevo en la piscina. 

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