Tiempo para estar con los vecinos

La casualidad ha querido que me tope con este asunto cuando comienza oficialmente la llamada “desescalada”. Al leer la descripción que Pedram Shojai realiza en este capítulo sobre nuestro estilo de vida aislado e individualista, percibo una cierta distancia y me pregunto si éste podría ser uno de los cambios positivos que nos vaya a traer el dichoso virus.

Me crié en una comunidad de vecinos que era una gran familia ampliada: cada casa aportaba una numerosa chiquillería por lo que siempre había niños disponibles con los que jugar y planes alternativos a los que sumarse. Lo mismo que había chavales por doquier, había muchos adultos cuidando de la manada: repartían miradas y reprimendas a críos propios y ajenos. Éramos una tribu que se divertía, educaba y cuidaba en comunidad. 

Cuando ahora visitamos la casa de mis padres, a mí me llama la atención que no haya niños jugando en la calle y a mis hijos, que los antiguos vecinos nos saludemos por nuestro nombre y nos paremos a hablar y a ponernos al día. La relación de vecindad no es algo que haya formado parte de nuestras vidas. Al menos, hasta hace unos días. 

El estado de alarma nos ha obligado a cortar de raíz el contacto con aquellas personas que constituían nuestro entorno social. Los compañeros de trabajo y de estudios, la familia con la que no convivimos, nuestros amigos… siguen siendo muy importantes para nosotros, pero el contacto ahora se mantiene gracias a la tecnología y, no nos engañemos, por mucho que nos hablemos, nos veamos o nos leamos, nos falta el sustento que proporciona la cercanía física. Y así, me encuentro en plena búsqueda activa de sonrisas: a los paseadores de perros con los que me cruzo, a los vecinos que salen a aplaudir desde sus ventanas, a las cajeras del supermercado, a los repartidores, a la farmacéutica…les sonrío y recibo una sonrisa de vuelta, a veces, con suerte, un poco de conversación. Todos han pasado a formar parte de mi paisaje: siempre han estado ahí, supongo, pero hasta ahora no los veía, eran simples sombras con las que me cruzaba. 

Comparto esta experiencia personal para ilustrar la importancia de la bondad y el afecto, como generadores de oxitocina, en la regulación de situaciones en las que reinan el miedo, la ira o la tristeza. En palabras de Paul Gilbert,

“la bondad, la ternura, la amabilidad y la compasión son lo que nos mantiene y nos ayuda a soportar los reveses, las tragedias y el sufrimiento que la vida nos causará”.

De ahí la oportunidad que nos ofrece la propuesta de este capítulo: conecta con la gente que te rodea. Un simple saludo, una mirada cálida, una sonrisa, un comentario amable…aquello que consideres oportuno para construir poco a poco un vínculo que los saque de la invisibilidad y les otorgue presencia en tu vida. Te animo a que aproveches estos primeros paseos de vecindad para mostrar al mundo tu rostro amable, aunque sea buscando, como yo, un buen chute de oxitocina. 

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