Tiempo para leer

Lo confieso. Desde el instante eureka, allá por mi tierna infancia, en que aquellos signos trazados sobre papel comenzaron a tener para mí un significado, mis ojos persiguen con la avidez de un yonqui cualquier rastro escrito sobre el que posarse: libros, prensa, anuncios, letreros, cartas de restaurantes, pantallas de móviles, servilletas garabateadas…hasta las traseras de los botes de gel de baño. Por eso, desde mi condición de lectora compulsiva, llama mi atención que este capítulo se titule “Tiempo para leer”: ¿acaso existe algún instante en que no leamos estando despiertos?

Para todos aquellos que sufran de mi misma enfermedad, aclaro que por “leer” Pedram Shojai se refiere al acto formal de lectura, a ese auténtico lujo que supone destinar un rato largo a la única tarea de leer, cito,  más de 30 páginas seguidas de un libro. A esto precisamente es a lo que nos anima en el capítulo de hoy.

Espera. No puede ser. Durante semanas, este blog ha ido desgranando prácticas tendentes a mejorar nuestro rendimiento, ayudarnos a ser más eficientes y aprovechar mejor nuestro tiempo. ¿Cómo va a animarnos ahora a perderlo leyendo 30 páginas? ¡Con la cantidad de cosas que se pueden hacer en ese tiempo!

Cierto. A mí también me ha chocado, no creo que sea la única a la que hayan levantado de un sillón donde leía con el mandato de hacer algo de provecho.  Se trata de un prejuicio de gran predicamento al que va siendo hora que pongamos fin de una vez por todas. Leer no es una pérdida de tiempo, es una de las actividades más enriquecedoras a las que tenemos acceso como seres humanos. 

Dos reflexiones al respecto. La primera es del propio Pedram Shojai: los libros nos transmiten  aprendizajes y conocimientos resultantes de un buen cúmulo de experiencias vitales, investigaciones, estudios, horas de reflexión de multitud de personas durante toda la historia y a lo largo y ancho del planeta. Con esta visión, un libro es como un complejo vitamínico altamente concentrado, reúne entre sus cubiertas saberes que a cualquiera de nosotros nos costaría más de una vida llegar a alcanzar, si fuera siquiera posible. De ahí que dedicarnos a la lectura sea una forma excelsa de aprovechar bien el tiempo. 

La segunda viene del maestro Thich Nhat Hanh: igual que no todo lo que comemos es alimento para nuestro cuerpo, no todo lo que leemos alimenta nuestro espíritu. Con esta distinción, nos anima a hacer un consumo consciente, a destinar nuestros recursos de tiempo y energía a aquello que nos nutre y nos ayuda a mejorar individualmente y a contribuir a la mejora de nuestro entorno. 

Hoy me despido con una cita de un libro titulado “El infinito en un junco”, de Irene Vallejo, cuya lectura recomiendo por cumplir ampliamente los principios expuestos.

La invención de los libros ha sido tal vez el mayor triunfo de nuestra tenaz lucha contra la destrucción. A los juncos, a la piel, a los harapos, a los árboles y a la luz hemos confiado la sabiduría que no estábamos dispuestos a perder. Con su ayuda, la humanidad ha vivido una fabulosa aceleración de la historia, el desarrollo y el progreso. La gramática compartida que nos han facilitado nuestros mitos y nuestros conocimientos multiplica nuestras posibilidades de cooperación, uniendo lectores de distintas partes del mundo y generaciones sucesivas a lo largo de los siglos. (…) Debemos a los libros la supervivencia de las mejores ideas fabricadas por la especie humana”. 

Recuperemos el placer de fisgar en las librerías y abrirnos a la aventura de tocar el infinito con las manos.

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