Tiempo para no hacer nada

¿Alguna vez has jugado a dar vueltas como un derviche? De pequeña, me chiflaba. En mitad del césped, alzaba la cabeza hacia el cielo, levantaba los brazos en cruz y comenzaba a girar todo lo rápido que podía, una vuelta tras otra, hasta que del mareo caía al suelo y me quedaba allí, tumbada boca arriba, un buen rato, contemplando el dibujo de las nubes. Los sonidos llegaban amortiguados por el fuerte latido de mi corazón, poco a poco mi respiración se iba calmando y el cielo dejaba de girar. En ese momento, una increíble sensación de paz me invadía, no había nada que hacer, solo sentir el frescor de la hierba y la caricia de los rayos del sol. La magia no duraba mucho pero al levantarme sentía las pilas cargadas, como si  acabara de dormir varias noches seguidas.

Este recuerdo me sirve para ilustrar la propuesta que nos traslada Pedram Shojai en el capítulo de hoy. La herramienta clave para los momentos de auténtica crisis, cuando sentimos que vamos a estallar y nuestros átomos se esparcirán por el mundo, lanzados al liberar la presión que acumulamos internamente. Puede resultar paradójico, pero precisamente cuando nuestra vida más nos reclama acción, nuestra prioridad debería ser parar: es fundamental para equilibrar nuestros niveles de ansiedad y estrés, para poder seguir operando bajo el mando de una mente ejecutiva y no como un pollo sin cabeza. Y la receta es muy simple: basta con no hacer nada, digamos, durante unos 10 minutos.

Simple, no sencilla. Por varias razones. Para empezar, porque en situaciones límite es complicado que seamos conscientes de que debemos parar: la adrenalina nos invade y nuestro cuerpo siente la necesidad imperiosa de salir corriendo, de golpear, de gritar…quedarse quieto no está en el catálogo de alternativas. Y luego está el hecho en sí de no hacer nada. ¿Cómo se hace “no hacer nada”? Me siento, cruzo las piernas, respiro y…?

Lo cierto es que permanecer un rato sin hacer absolutamente nada puede resultar muy complicado, sobre todo si no hemos centrifugado previamente nuestra mente como un derviche. Por ello, la propuesta de hoy es una versión light de este reto. Consiste en permitirnos hacer una única cosa: preguntarnos de vez en cuando “¿qué estoy haciendo ahora?’” y sea lo que sea lo que nos contestemos, la instrucción es dejar de hacerlo. Limitarnos a “ser” durante unos minutos, sin hacer nada que nos aleje del propósito de estar presentes, entrenando nuestra capacidad de desconectar, de apretar el botón de off y resetearnos, devolviendo el mando al capitán de nuestra nave.

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